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Un Lugar especial, una noche mágica, ante la mirada del pico Moncayo aguardado por la Luna

"Cualquier día puede ser una noche especial"


Parque Natural del Moncayo

La Sierra del Moncayo se halla ubicada en el sector central de la Cordillera Ibérica, a caballo entre las cuencas hidrográficas del Duero y del Ebro. La cumbre del Moncayo o Pico de San Miguel, con sus 2.315 metros de altura, es la máxima altura del Sistema Ibérico y uno de los picos más relevantes de la península Ibérica. Como el conjunto de la cordillera, el macizo del Moncayo y sus sierras aledañas se orientan de NW a SE separando la Depresión del Ebro de la Meseta.   La vertiente occidental pertenece administrativamente a la Comunidad Autónoma de Castilla León y las vertientes nordeste y sur pertenecen a la provincia de Zaragoza y, en consecuencia, a la comunidad aragonesa. El Parque Natural del Moncayo, que representa la parte más interesante de la sierra, pertenece íntegramente a Aragón.   El característico perfil del Moncayo contempla a las comunidades de Aragón, La Rioja, Castilla León y Navarra. Pero a pesar de ser un punto de referencia para todas ellas, el Moncayo sigue siendo un gran desconocido. Su aislamiento con respecto a otras montañas, su simplicidad morfológica y su situación fronteriza marcan la vida de flora y fauna y convierten a estas más de 10.000 hectáreas en lo que muchos especialistas califican como un gran laboratorio de la naturaleza.   El clima mediterráneo de esta zona adquiere matices continentales como zona de transición entre la meseta soriana y el valle del Ebro. Estas condiciones climáticas y la fuerte gradación en altura aportan características especiales que hacen del Moncayo una montaña singular.   La cubierta vegetal de la montaña mágica de Aragón reproduce en apenas 20 kilómetros de longitud y a lo largo de unos 1.000 metros de desnivel la zonación vegetal que se da entre los países mediterráneos al Sur y los boreales del Norte. Los cambios en la vegetación relacionados con la altura son extremadamente bruscos, sobre todo entre los 800 y 1.000 metros, donde llegan a confluir especies de la Europa mediterránea y boreal.   La descripción del amplio abanico medioambiental del Moncayo comienza con los carrascales y coscojares, que ascienden hasta los 900 metros en forma de bosques claros en los que también tienen cobijo matorrales formados por tomillos y aliagas. La fauna que se refugia en esta zona está compuesta fundamentalmente por conejos, perdices, tórtolas, tejones y lagartos ocelados.   Poco más arriba, entre los 900 y 1.100 metros, se abren paso los rebollares y robledales, formados por árboles de pequeño porte y densamente agrupados. Sus matorrales están principalmente formados por jaras, siendo sus moradores el arrendajo, el mirlo, el zorro y el jabalí. Los bosques de pino, aunque de repoblación, han contribuido a restaurar los suelos frente a las cortas intensivas del siglo XIX. La especie más abundante es el pino rojo o silvestre, con ejemplares de gran porte, aunque también se dan el pino negro, el laricio y el rodeno. Los pinos abarcan una amplia zona entre los 900 y 1.800 metros dependiendo de las especies y bajo ellos crecen brezos, acebos y frambuesos (o chordón, como se les conoce en la comarca, de cuyos sabrosos frutos se obtiene la refrescante agua de chordón). Habitan los pinares el piquituerto, el pico picapinos, el petirrojo y el tejón.   El hayedo es una de las singularidades de estas montañas. El del Moncayo es uno de los más meridionales de Europa, lo que incrementa su valor ecológico y la importancia de su conservación. Las hayas ocupan la zona que va desde los 1.100 metros a los 1.650. Se trata de un bosque residual, en lucha con los suelos pedregosos, cediendo las áreas más secas al roble albar y las encharcadas a sauces, abedules y fresnos. En el hayedo crecen helechos, musgos y madreselvas. De sus hayucos se alimentan jabalíes y corzos y bajo sus ramas sobrevuela el azor. A partir de los 1.650 metros el hayedo va desapareciendo para dejar paso a una formación de matorral con ginestas, sabinas rastreras y enebros. A partir de los 1.800 metros desaparecen los últimos pinos de repoblación y se abren los prados alpinos. Algunas de las especies que habitan esta zona son alondras, chovas, y víboras.   La singularidad de esta montaña única no sólo se fundamenta en la variedad de su flora y fauna. El Moncayo guarda entre sus cumbres los restos de tres glaciares. Los circos de Morca, San Gaudioso y el Pozo de San Miguel o Cucharón conservan la fisonomía característica de los valles glaciares, en forma de U. Se trata de excavaciones no muy profundas de los glaciares que ahí se ubicaron y tienen un gran interés por su alto grado de conservación, gracias a su difícil acceso. Por otro lado, son una muestra más de los contrastes de este gran parque natural.   La variedad vegetal del Moncayo y su estratificación lo convierten en un auténtico libro abierto en el que aprender botánica. Desde el mirador del Santuario, a unos 1.600 metros de altitud, se extiende a los pies un mar de especies vegetales que cambia en cada una de las estaciones. El otoño es, sin duda, la época más espectacular para visitar el Moncayo, cuando la sabiduría de la naturaleza despliega ante los ojos atónitos del visitante su abanico multicolor. Una inverosímil gama de amarillos, ocres, rojos y verdes se entremezcla en los densos bosques de la montaña. En esa época, resulta una auténtica delicia adentrarse en las laderas por cualquiera de los caminos o carreteras que suben hacia las zonas de esparcimiento de Agramonte y el Santuario. Uno de los recorridos más agradecidos es la carretera que parte del monasterio de Veruela y llega hasta Agramante después de recorrer 15 kilómetros a través del bosque. En ese trayecto se atraviesan buena parte de los biotopos del parque: carrascal, rebollar, robledal, pinar y hayedo.   En Agramonte se abre el Centro de Interpretación del parque, en el que se puede recabar información y visitar la exposición interactiva acerca de sus recursos naturales. Desde allí parte la carretera que asciende al Santuario, que se convierte en pista sin asfaltar tras un amplio aparcamiento. Se puede subir con coche hasta otra zona de aparcamiento en las inmediaciones del Santuario. Los últimos 200 metros es necesario hacerlos a pie en un agradable camino en el que deleitarse con las vistas panorámicas del valle del Ebro.     Fuente: http://www.turismodezaragoza.es/